27. El sol.

Una vez finalizada la celebración, Demóstenes se fue a dormir con la angustia de ya haber cumplido todos sus sueños. Todos menos uno. Lucila, feliz, tenía la ilusa esperanza de que su marido al fin descansara luego de obtener el tan ansiado ascenso en la compañía de electricidad. No podía estar más equivocada.

La mañana siguiente, Demóstenes despertó a la hora usual, pero con una mirada triste. Su mujer le preguntó qué le ocurría, pero el hombre se limitó a decirle que había dormido mal y se escabulló hacia el baño. Se duchó, se vistió y huyó de la casa antes de que el interrogatorio continuara, no sin antes besar a su mujer con ternura.

Al llegar esa tarde, Demóstenes llegó hecho un hombre nuevo. Al verlo lleno de energías, radiante como nunca, Lucila se sintió feliz. Al parecer efectivamente había dormido mal y la jornada de trabajo le había devuelto la alegría. Todo se sentía perfecto, como nunca, hasta que el hombre la besó.

Sintió algo muy extraño. No era la intención con la que la besó… tampoco el cariño con que lo hizo … era algo mucho menos sutil, se trataba del sabor de su boca: un sabor cálido, seco y ahumado que nunca había sentido en sus labios.

Lucila no le dio mayor importancia, no ese día, pero luego de sentirlo durante toda la semana comenzó a extrañarse. Solapadamente le preguntó si en su nuevo puesto almorzaba en un casino diferente o si habían cambiado el chef, pero todo parecía seguir igual. Todo menos el sabor en la boca del hombre que tanto amaba.

Con el tiempo, la preocupación por el sabor de su boca pasó a segundo plano. Demóstenes cada día parecía estar más delgado, y sus labios, antes tiernos y suaves, estaban secos como una costra. Y no solo sus labios, todo su cuerpo parecía estar secándose. Su salud tampoco era la mejor, el hombre sufría fuertes dolores de estómago y jaquecas, pero se negaba a visitar a un médico. Su ánimo, contra todo lo que uno pudiera esperar, estaba mejor que nunca.

–¿Estás seguro que estás bien, cariño? –le decía su mujer cada día.

–Impecable –le respondía él con la sonrisa más sincera que nunca le había visto, mientras se retorcía de dolor–. No me importan los dolores, nunca antes me había sentido tan feliz.

Lucila sentía un profundo dolor en su corazón. Sabía que su amado le estaba escondiendo algo, pero nunca lo había visto tan feliz. Nunca jamás. ¿Cómo quitarle una felicidad tan grande al hombre que tanto amas?

Una mañana gris, camino a la feria, la mujer se encontró con Osvaldo, el mejor amigo de Demóstenes. Juntos trabajaban en la compañía desde que habían egresado de Ingeniería. Osvaldo, preocupado, le preguntó a Lucila cómo estaba su amigo.

–Está más contento que nunca –le dijo la mujer con tristeza–, pero no se ha estado sintiendo bien. Y cuando llega a casa prácticamente no come nada. ¿Acaso está sometido a mucho estrés?

–Cómo saberlo –respondió el hombre mientras acariciaba su bigote–… la verdad es que no lo he visto desde que dejó la compañía hace ya casi un mes.

Lucila tuvo que hacer un enorme esfuerzo para evitar que cayeran las lágrimas que se acumulaban en sus ojos.

–Cómo pude ser tan ciega –pensó mientras despedía a Osvaldo lo más rápido que pudo. Corrió a su casa con el corazón destrozado, se sentó en la mesa del comedor, y se echó a llorar. Lloró durante horas, sin siquiera levantarse para almorzar. Se quedó allí sentada todo el día, sin moverse, hasta que escuchó que Demóstenes metía la llave en el cerrojo, a la hora acostumbrada.

El hombre demoró un buen rato en lograr girar la manilla, a Lucila le parecieron horas. Entonces la puerta se abrió, y antes de que la mujer pudiera hacer o decir algo, el hombre  cruzó el umbral para desplomarse en la entrada de la casa.

Sin pensarlo ella corrió a socorrerlo. Al sentir el cuerpo de su marido en sus brazos se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado sin abrazarlo. El hombre robusto de quién se había enamorado ya no era más que un atado de huesos. Lo tomó por su nuca, giró su cabeza y con horror pudo ver el estado de su rostro. La mitad inferior de su cara estaba llena de yagas supurantes, heridas que pudo reconocer como quemaduras gracias a los años en que trabajó como enfermera. ¿De dónde habían salido estas quemaduras?

–¡P-pero Demóstenes! ¿Qué te ocurrió?

–Nada… mi… Lucila… –murmuró tratando de sonreir a pesar del dolor–. E… estoy… bien…

–¡No! ¡No estás bien! –le dijo la mujer entre sollozos– ¡No me digas que estás bien!

Lucila se tragó su pena y, como si se tratara de un niño pequeño, llevó a Demóstenes en sus brazos hasta su cama. Allí limpió y vendó su rostro, pudiendo notar que las quemaduras se extendían hasta dentro de su boca. Una vez que hubo vendado por completo el rostro de su marido, sacando fuerzas de flaqueza, lo enfrentó.

–Supe que ya no vas a la compañía.

Demóstenes sonrió con ternura.

–¿Cómo te enteraste?

–Eso no importa, quiero saber qué has estado haciendo todos estos días.

–Tienes razón, tienes toda la razón. Estás en tu derecho de saberlo –y sentándose en la cama, tomó la mano de su mujer y agregó–. Estoy cumpliendo el gran sueño de mi vida. Me estoy comiendo el sol.

Lucila no podía entender a qué se refería, y su marido le explicó con calma y detalle que cada día salía de su casa temprano, llegaba hasta el sol, sacaba un trozo de éste y se lo tragaba.

–Al principio me dolía, pero con el tiempo me he ido acostumbrando. Ahora ya puedo comer varios trozos en un solo día. Si sigo acelerando el ritmo, podré comerlo completo en unos veinte o veinticinco años.

Lucila decidió no volver a llorar. Tenía demasiada rabia como para seguir llorando.

–¿Así que eso has estado haciendo? –le dijo llena de resentimiento– ¡Pues mira como me tienes, angustiada por tu salud! ¡Y mira cómo te tienes! ¡Mira tu estado! –agregó señalándolo.

–P-pero a mí no me importa, yo me siento bien –agregó con suavidad el hombre.

–¡Pues a mí si me importa! ¡Yo no puedo vivir viéndote así! ¡No puedo sentarme a ver como destruyes tu cuerpo…! ¡tu vida!

–Te prometo que estaré bien, amor.

–Yo te prometo que esto no puede seguir así, te prometo que si no dejas esta estúpida idea de comerte el sol hoy mismo, nuestro matrimonio se acabó.

Demóstenes se entristeció profundamente al escuchar a su mujer, y con suavidad la abrazó.

–Lo siento –susurró en su oído, y Lucila se desplomó en sus brazos.

Estuvieron abrazados un largo rato, sin decir palabra. Luego cada uno se puso su pijama y se fueron a dormir. Durmieron abrazados, como hacía meses que no lo hacían.

Lucila, producto del cansancio, durmió mucho más de lo acostumbrado. No despertó hasta el mediodía y, al abrir los ojos, notó que Demóstenes ya se había ido. Se había ido para siempre.

26. El prisionero y la princesa.

En lo más alto de la Torre Única, sumido en la soledad, vivía encerrado Romualdo, un hermoso joven de ojos brillantes y cabellos color ébano. La única salida de su celda era custodiada por la terrible Sugataura, una temible criatura que secuestraba jóvenes de corazón puro para impedirles encontrar el verdadero amor.

Nuestro relato comienza un hermoso día de primavera en el que el dulce Romualdo al fin cumpliría los 16 años. Su pecho casi no podía contener a su corazón exhaltado de emoción, pues hoy vendría a salvarlo la más bella princesa del reino.

–Hoy es el día –pensaba en voz alta mientras cepillaba su brillante cabello rizado–. Hoy al fin vendrá a rescatarme.

Romualdo nunca había visto a esta princesa en persona, ni siquiera conocía su nombre, pero él la llamaba Encanto. Ella lo visitaba en sus sueños para juntos compartir las más ardientes noches de placer. Y cada amanecer, antes de que el sol lo obligara a despertar, ella le pedía que la esperara, jurándole que lo vendría a rescatar el día en que al fin se convirtiera en un hombre, es decir, al cumplir los 16 años.

Y finalmente ese momento llegó: el primer rayo de sol emergió entre las escarpadas montañas, iluminando su suave rostro y dando inicio al tan anhelado día. Con dicha pudo ver cómo en ese mismo instante emergió del bosque una veloz cabalgadura que bajaba por el sendero de piedra.

–¡Encanto! –exclamó emocionado, acercando sus manos a la parte baja de su rostro, sin poder evitar agitarlas.

Con sus ojos brillando de amor pudo ver cómo su bienamada enfrentaba con fiereza las bestias del abismo de Ferg, cruzaba con destreza el ardiente foso de Brogand y vencía a la horripilante Suegataura. Todas las pruebas habían sido superadas, su sufrimiento al fin iba a terminar.

Romualdo, nervioso, acomodó sus ropajes a la espera de la entrada triunfante de la princesa. A lo lejos pudo escuchar como el sonido de su armadura subía por las escaleras de la torre hasta detenerse frente a la puerta de su celda. Sintió como Encanto jadeó con fuerza unos minutos para recuperar el aliento, para finalmente abrir la puerta de su celda. No, no hubo estruendos, puesto que la puerta nunca estuvo cerrada.

–¡Encanto! –gritó Romualdo corriendo hacia su princesa, y por respuesta recibió una señal con la mano indicándole que se detuviera.

La mujer se quitó el yelmo que apenas la dejaba respirar. Su cabello rubio era corto, y estaba transpirado, enmarañado y sucio. Y su rostro, lleno de cicatrices que atestiguaban sus aventuras, estaba rojo e hinchado producto del esfuerzo físico de las recientes proezas. Romualdo no sabía como ayudar a la princesa, que se encorvó para apoyar sus manos sobre sus muzlos.

–Mi… nombre… es… –dijo la mujer, tratando de recuperar el aliento. Los jadeos que no la dejaban hablar de pronto se convirtieron en arcadas, y luego de un sonido agónico profundo, desparramó todo su desayuno sobre la impecable alfombra de Romualdo. Solo entonces, ya con el estómago vacío, pareció sentirse mejor.

–¿Estás bien, Encanto?

–Mi nombre es Juliana. Estoy bien, solo vámonos de aquí.

–¿¡Me llevarás a tu castillo!? –preguntó entonces el joven con voz aguda y agitada.

–Si así lo quieres… –respondió Juliana sin hacerse  problemas.

–P-pero… me amas ¿cierto? –preguntó entonces Romualdo extrañado.

Juliana lo miró de arriba abajo.

–No –respondió sin ánimo de endulzar la realidad–. Ni siquiera me pareces atractivo.

–¿Y no quieres casarte conmigo? ¡Podríamos ser infinitamente felices en tu castillo!

Juliana no podía creer lo que estaba escuchando. Creyó que lo mejor era dejar las cosas claras desde un principio.

–La verdad es que no me interesa vivir en un castillo, lo mío son las aventuras.

Romualdo se echó a llorar. Juliana sintió lástima, pero solo atinó a poner su mano sobre su hombro.

–Vamos, salgamos de aquí –dijo la mujer para tratar de detener el llanto.

–No, déjame aquí.

–Pero…

–¡Déjame! –gritó furioso–, prefiero quedarme en la torre.

Juliana se dirigió hacia la puerta, algo molesta por el tiempo perdido y titubeante ante la inesperada reacción del joven prisionero. Al llegar al umbral se detuvo.

–Tener un escudero podría venirme bien ¿sabes? –dijo entre dientes, con la sensación de que luego se arrepentiría de haber formulado la oferta.

El rostro de Romualdo se iluminó nuevamente y sus lágrimas mágicamente se secaron, como si nunca hubieran estado allí.

–¿Y te casarías conmigo? –exclamó recuperando la ilusión perdida.

–Está bien, si así lo quieres… –respondió Juliana entre dientes mirando hacia un costado.

Romualdo corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas. Juliana bajó las escaleras de la torre con el joven en sus brazos y juntos cabalgaron hacia las futuras aventuras.

Nunca más se separaron, tuvieron relaciones de vez en cuando y no vivieron del todo infelices para siempre.

 

25. Amigos.

Podría decirse que mi vida comenzó el día en que nos conocimos, el día en que me habló por primera vez. Sin Lucas yo simplemente no existiría. No pienses mal, no somos parejas, somos amigos, como debe ser entre niños de solo cuatro años. Yo soy su mejor amiga y él es mi vida. Alejandra y Lucas juntos para siempre, así solía pensar que sería.

Nuestra amistad no tenía límites, juntos éramos dinamita, pero no a todos les gustaba que así fuera. Los papás de Lucas me aceptaban con recelo y los amigos del barrio francamente me rechazaban. A Lucas eso no le importaba, él siempre me incluía, aunque eso significara que los otros niños lo apartaran.

¿Qué le molestaba a los papás de Lucas? No lo sé. Creo que no les gustaba ver a su hijo jugando siempre con una niña. En especial a su madre. Vivía proponiéndole jugar con otros niños, incluso estando yo ahí presente. Me ignoraba, como todos lo hacían. Menos Lucas, él siempre se mantuvo fiel. Y entonces entró al colegio.

Yo no iba al colegio con Lucas, pero nuestra amistad comenzó a generarle problemas. Él hablaba de mí todos los días, contando nuestras aventuras más disparatadas, y al principio los compañeros lo escuchaban con admiración. Todos menos Ramiro, que comenzó el rumor de que nuestras aventuras no eran más que mentiras, locuras salidas de su “cerebro fallado”. El resto del curso no supo qué pensar y le pidieron a Lucas pruebas de mi existencia. ¿Cómo demostrarles que yo existía? ¡Yo no podía ir a clases! ¿Cómo reaccionarían los profesores al ver que un alumno dejó entrar a una niña en un colegio de hombres?

Las cosas no mejoraron con el tiempo y sus compañeros, motivados por Ramiro, comenzaron a llamarnos Locas. “No es Lucas, son Locas, dos locas que inventan cuentos” decía con sus cejas apretadas y sus cachetes rosados que se balanceaban.

Cuando Marisol, la profesora, supo lo que estaba ocurriendo, llamó a los padres a una entrevista. Les recomendó que hablaran con él para terminar definitivamente nuestra amistad y ellos, sin cuestionárselo, le dieron la razón. Ese mismo día llamaron a Lucas a su cuarto.

–Ella no existe –le dijo papá con tristeza–, tienes que aceptarlo.

–Yo también tuve una amiga imaginaria –agregó su mamá muy seria–, pero ya eres grande. Es hora de que te hagas amigos reales.

–Solo así dejarán de ponerte nombres en el colegio– dijeron finalmente casi al unísono, sin esperar una respuesta de su hijo.

Lucas los miraba con la vista perdida, con una mirada pálida, vacía. Sus padres le preguntaron si los entendía y el solo atinó a hacer una leve afirmación con su cabeza para caminar directo a su cuarto. Entró, se lanzó sobre su cama y se echó a llorar.

–No quiero perderte –decía entre sollozos mientras abrazaba a su almohada. Yo solo atinaba a acariciarle su espalda con suavidad.

Al día siguiente Lucas no me habló más. Ni siquiera me dirigió una mirada. ¿Ya no me veía o simplemente me estaba ignorando? Continuó con la misma actitud los días que vinieron y, contra lo que habían pensado sus profesores, las burlas de Ramiro nunca cesaron. Pero la relación con sus padres mejoró, supongo que eso es algo bueno. Ahora lo trataban con más cariño y le decían que se sentían orgullosos de él.

–Te felicito –le decía papá–, ahora te comportas como un niño grande.

–No te preocupes –le decía mamá–, ahora tendrás amigos de verdad.

Se habían cumplido dos semanas y Lucas no me había dirigido una sola palabra. Yo aún tenía la esperanza de que no fuera más que una actuación para sus padres. Era de noche y Lucas se puso su pijama, se lavó los dientes, y antes de irse a dormir se dirigió al cuarto de sus papás.

–Ya no inventaré más amigos –les dijo–, ahora soy un niño normal. Sus padres, por primera vez en años, se emocionaron. Lucas nunca había visto caer una lágrima por el rostro de su mamá. Papá y mamá lo abrazaron y Lucas apenas podía respirar. Yo, a sus espaldas, sentía que moría de soledad.

Salí del cuarto sin hacer ruido, dispuesta a huir sin rumbo, con destino al olvido. Y mientras me iba con el corazón destruido, llorando sin consuelo, Lucas besó a sus padres y corrió en dirección a su cuarto. Nos encontramos en el pasillo.

El niño me tomó del hombro, y luego de mirar a ambos lados lados para comprobar que nadie nos observaba, me abrazó. La sangre volvió a correr por mi cuerpo imaginario y de nuevo me sentí viva, llena de alegría. Y con cariño me susurró al oído una última palabra:

–Gracias.

A veces vuelvo a visitarlo para mirarlo a lo lejos. Cuando veo que Ramiro lo molesta pienso en intervenir, pero creo que solo empeoraría las cosas. Y aunque Lucas no tenga muchos amigos en el colegio, disfruto al verlo jugar con la pandilla del barrio. Me quedo mirándolo fijo, la mayoría de las veces él no me ve. Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, se da cuenta que estoy allí: me mira a los ojos, me regala una sonrisa, y vuelve integrarse en el juego. No puedo sentirme triste, no al verlo así, tan feliz.

 

21. Café (Parte 4 y final).

Estela caminó con decisión hasta la mesa del café y se sentó en silencio frente a la antigua novia de su padre. Claramente furiosa, y sin siquiera saludar, se cruzó de brazos frente a Paula a la espera de que ella hablara primero. La mujer, a pesar de que saber lo difícil que esto iba a resultar, no podía evitar sentirse dolida por la fría mirada que le dirigía la adolescente. Finalmente, con su voz más cálida, se animó a romper el silencio.

–¿Quieres tomar algo? –le preguntó con suavidad. No recibió más respuesta que leve movimiento de su rostro, cubierto parcialmente por su cabello. Entonces, armándose de valor, comenzó– Me imagino que quieres saber para qué te llamé.

–Sí –respondió Estela desafiante.

–Probablemente tú no lo sepas, pero supongo que te lo imaginas… Hace mucho tiempo, Francisco y yo, fuimos novios…

–¡Lo sabía! –la interrumpió la joven con un violento susurro, frente al absoluto desconcierto de Paula– Sabía que vendrías a pedirme que te perdone. Ni siquiera esperaste un día desde la muerte de mamá para aparecerte en el hospital ¡Olvídalo! –y dándole la espalda se dispuso a salir del café.

–¡Yo no era la amante de tu padre! –exclamó en voz alta Paula, poniéndose de pie. Todo el café volteó hacia la mesa y el lugar quedó en total silencio. Agregó en un tono más bajo– Por favor, solo te pido que me escuches un minuto.

La joven accedió a regañadientes y se sentó nuevamente. La mujer sonrió mientras intentaba ignorar las palpitaciones de su corazón producto de la adrenalina. Y buscando nuevamente un tono suave, le explicó con voz temblorosas.

–Nunca fui la amante de tu padre, hacía casi 20 años desde el último día en que lo vi. Tu papá y yo fuimos novios cuando salimos del colegio, cuando teníamos solo un par de años más que tú, y desde el día en que terminamos nunca más volví a verlo.

Estela la miró sorprendida y todavía algo desconfiada. Paula continuó.

–Yo… no sé cómo explicarlo… pero cuando supe del accidente de tus padres… de la muerte de tu madre… sentí que Francisco me necesitaba.

–¿Después de veinte años sin verlo?

–Cuando eres mayor, veinte años pasan más rápido de lo que te imaginas.

Estela se echó para atrás, apoyando su espalda en el respaldo de la silla, tratando de procesar la información. Paula vio con alivio que la joven aparentemente le creía.

–Entonces –se animó a preguntar Estela–… ¿pasaste veinte años enamorada de mi papá?

–¿Enamorada? No, enamorada no –la mujer se veía descolocada y algo nerviosa–. Tu padre y yo no estábamos hechos el uno para el otro…

La joven esperó a que la mujer continuara.

–E-ese día, cuando escuché la noticia del accidente, tuve la certeza de que tenía que ir a acompañar a tu padre. Hacía años que no lo veía, pero en el tiempo que pasamos juntos aprendí a conocerlo. Pude sentir por lo que estaba pasando.

–Paula… ¿para qué me llamaste?

–Es una tontera… Es solo que pensé… que ahora, que tu padre no está… quizás podría –su voz comenzó a quebrarse–… prodría interesarte saber un poco más sobre su historia. Que pudieras conocerlo, no solo como padre, sino como el joven soñador que yo conocí.

Estela le tomó la mano, Paula se llevó la otra a los ojos para ocultar sus lágrimas.

–Y quizás… si a ti no te molesta… que me cuentes un poco… del hombre en el que se convirtió… estos veinte años que pasé… sin verlo.

Entonces la joven, sin responderle, se puso de pie y la abrazó.

20. Visita (Parte 3).

Paula entró a la pieza del hospital. Francisco la miró sin poder girar su cabeza.

–Papá ¿quién es ella? –preguntó Estela con algo de molestia. Francisco, sin hablar, cerró sus ojos con suavidad. La adolescente entendió el mensaje y enojada salió del cuarto para dejarlos solos.

La mujer estaba aterrada. Corrió al hospital sin pensarlo al ver la noticia en televisión, pero no alcanzó a decidir que haría una vez que se reencontraran. Ahora, al verlo con el rostro hinchado y desgarrado, simplemente no sabía qué decir.

Francisco movió su dedo índice y Paula le tomó la mano.

–¿Te molesta que haya venido?

Francisco movió su cabeza de forma casi imperceptible. Ella le sonrió.

–Ok, pero si quieres que me vaya… – le advirtió Paula sonriendo, cuando sin previo aviso dos lágrimas cayeron sobre sus mejillas.

Francisco trató de moverse, queriendo consolarla, pero ella lo detuvo. Extendió su mano hasta tocar su cabello y comenzó a acariciarlo, mientras se esforzaba por recuperar su sonrisa. Pasaron unos segundos en silencio, mirándose a los ojos.

–Voy a decirle a tu hija que vuelva a entrar –susurró Paula algo incómoda. Pero al ponerse de pie, Francisco le tomó la mano.

–Te vi –le dijo sacando con esfuerzo una frágil y áspera voz. Paula no entendió a qué se refería y el hombre agregó–. Ibas caminando… apurada.

–Tranquilo, ya vamos a tener tiempo para conversar –le dijo ella con cariño, sin entender a qué se refería–. Ahora le diré a tu hija que entre, debe estar preocupada.

–¡No! –gritó silenciosamente Francisco a través de un susurro seco.

–Tranquilo. No me voy a ir. Si tú quieres, me quedaré contigo –le dijo Paula con una enorme sonrisa–. Me quedaré contigo hasta que te mejores.

Y aunque Estela no estuvo de acuerdo, Paula acompañó a Francisco en sus últimos días de vida.

19. Invisible (Parte 2).

La vio caminando por la vereda opuesta de la avenida. Se notaba el paso del tiempo en su, ahora más adulto, rostro: su piel era más delgada, su expresión un poco más triste y sus ojos mostraban una profundidad que Francisco nunca antes le había visto.

–Al parecer la vida no la ha tratado bien –pensó el hombre, mientras la contemplaba inmóvil a unos pocos metros de distancia. En silencio tenía la esperanza de que Paula le devolviera la mirada. Pero no ocurrió. La mujer siguió su camino y a Francisco no le quedó más opción que hacer lo mismo.

–Vamos, preciosa –le dijo a su pequeña hija, mientras apretaba suavemente su mano–. La mamá nos está esperando.

Paula nunca imaginó que Francisco la había visto desde el otro lado de la avenida ese día. Al menos no hasta que él mismo se lo contó, nueve años más tarde.

18. Amor prohibido (Parte 1).

Cuando vio a Paula acercándose, su estómago comenzó a encogerse. De pronto le pareció tan bella como cuando la conoció, o incluso más. Su rostro resplandecía a pesar de su tímida sonrisa y su pelo bailaba sobre sus hombros como si celebrara el que hubieran dejado de verse. Para evitar que la inseguridad lo controlara, Francisco decidió caminar hacia ella, tratando de parecer relajado.

–Hola –le dijo levantando su mano con torpeza. Paula le ofreció la mejilla y él la besó rápidamente. Un cálido escalofrío incendió su espalda.

–¿Dónde nos instalamos? –preguntó ella con una liviandad que lo hacía sentir incómodo.

–¿Te tinca un helado? –le propuso él sin mucha creatividad. Ella aceptó.

Camino a la heladería se pusieron al día respecto a la vida de sus familiares. Al llegar se sentaron al fondo, en un rincón. Francisco, aunque no tenía ganas de comer, pidió una copa de helado. Se molestó cuando Paula sólo pidió un vaso de agua.

–Bueno… –dijo Paula cuando agotaron los temas superficiales. Luego agregó– ¿cómo estás tú?

A Francisco le vinieron dos palabras a la mente: “bien” y “destrozado”.

–¿Qué es lo que has pensado? –prefirió contrapreguntar.

–¿Pensado de que? –esquivó la pregunta Paula con aparente ingenuidad.

–¿Crees que podríamos volver? –replicó Francisco. Y luego guardó silencio mirándola a los ojos. Paula soportó unos segundos devolviéndole la mirada y luego giró la cabeza sin saber qué decir.

–No sé para qué vine –le dijo molesto entonces, y poniéndose de pie se dispuso a dejarla ahí. Llegó entonces el mesero con la copa de helado, y Francisco agregó–. Cómetela si quieres, la voy a pagar cuando salga.

–No… –Paula le tomó la mano suavemente, y aunque Francisco quiso soltarse, no se sintió capaz de hacerlo.

–Francisco… eres lo máximo. Te juro que me hiciste la mujer más feliz del mundo… pero no puedo. No puedo.

Francisco no quiso mirarla. Paula se puso de pie, lo hizo voltearse y se acercó a solo unos centímetros. El joven se contuvo hasta que ella le puso su mano en la nuca. Entonces se besaron como nunca lo habían hecho. Cuando terminaron, se abrazaron largamente para evitar mirarse a los ojos.

–¿Tu crees que si nos esforzamos lo nuestro podría funcionar? –le preguntó Francisco al oído.

–No –le respondió ella entre lágrimas.

–¿Por qué? ¿Por qué? –le suplicó el joven, desolado.

–No lo sé, Pancho… no lo sé.

17. Dulce hogar.

¡La conchesumadre! –exclamó furioso Daniel, mientras intentaba dejar el tazón sobre el mesón para sacudir su mano quemada por el té que había derramado. Mientras el chorro de agua fría calmaba el dolor de su mano, le lanzó una mirada furiosa al tazón que se erguía burlón a sus espaldas y, sin poder echarle la culpa, se tragó su enojo.

Giró la manilla del lavaplatos para retomar su mañana de domingo, pero el agua no dejó de salir. Dispuesto a no perder la paciencia, se agachó y cerró la llave de paso, ignorando que la puerta del mueble se desprendió de las bisagras cuando la cerró. Levantó su tazón de té sin preocuparse de limpiarlo y salió de la cocina con dirección al segundo piso. Nada iba a arruinar su día de descanso.

Pasó junto al sofá donde durmió esa noche sin dirigirle la mirada y subió las escaleras. Se detuvo unos segundos cuando se le acabaron los escalones y armándose de valor entró al cuarto de los niños. Las camas aún estaban deshechas. Las miró de fijo negándose a que los recuerdos vinieran a su mente y bebió un pequeño sorbo de té caliente. Luego recorrió el pasillo hasta su antiguo cuarto y entró.

La cama estaba perfectamente tendida, todo seguía en su lugar. Giró su cabeza para apreciar por completo el impecable panorama y no pudo evitar que la fotografía de la fiesta de matrimonio llamara su atención. Simulando un descuido, como si alguien lo estuviera observando, la golpeó con el reverso de su mano con la violencia suficiente para que cayera al suelo. Para su desgracia, la mullida alfombra impidió que el vidrio se quebrara.

Respiró profundo y, antes de botar el aire, tomó un gran sorbo de té que tuvo que escupir al instante. Todavía estaba hirviendo. Esta vez ni siquiera gritó, le bastó con el placer de lanzar el tazón con todas sus fuerzas y verlo destruirse contra el muro del cuarto. Y se quedó ahí, de pie, observando las líneas verticales que dibujaba el té derramado sobre el muro.

Su bolsillo vibró. No necesitó ver el remitente del mensaje para saber quién le escribía. El mensaje decía claramente: “Puedes quedarte con la casa”.

Cerró el mensaje, apago el celular y lo dejó sobre la cómoda. Bajó las escaleras, salió por la puerta principal y entró al garaje. Tomó el bidón de gasolina de la lancha y volvió a entrar a la casa.

Disfrutó viendo como se esparcía la gasolina por el suelo, se desparramaba sobre la mesa del comedor y se absorbía en los cojines de los sillones.

Cuando el bidón terminó de vaciarse se dirigió a la cocina y buscó los fósforos. Se puso de pie junto a la puerta que daba al patio, la abrió y, sin salir del todo, prendió un fósforo y lo lanzó. El fuego se encendió de forma pausada y le transmitió una tranquilidad inesperada que lo invitó a quedarse un rato a mirar.

Cuando las llamas comenzaron a achicharrar el amoblado, Daniel consideró que era hora de salir, pero entonces una fuerte corriente de aire cerró la puerta a sus espaldas. Con preocupación giró la manilla, pero ésta giró en banda. “¡Esta puta casa me quiere asesinar!” pensó casi en voz alta, y utilizando todo el peso de su cuerpo estrelló su hombro contra la puerta. Lamentablemente para Daniel, romper una puerta maciza de roble no es tan fácil como pareciera.

16. El arco de piedra.

Altobrinco giró otra vez su espada. La Serpedante se retorció nuevamente, como si su sistema nervioso se negara a aceptar que ya había muerto. El joven suspiró satisfecho, alzó su arma cubierta por la sangre de la criatura y sonrió satisfecho. Se puso de pié orgulloso, pasó el reverso de su mano por su frente para borrar las gotas de sudor y con la ayuda de sus dientes volvió a apretar el vendaje de su brazo. Alcanzó a pensar que al fin la aventura parecía llegar a su fin, cuando todo se cubrió de negro.

Estiró su brazo para alcanzar una de las antorchas que llevaba en su bolso, pero se detuvo al escuchar que alguien le hablaba desde el otro extremo de la caverna.

–Por aquí –dijo la voz. En la penumbra logró identificar dos ojos que lo miraban fijamente.

–¿Quién eres? –preguntó nervioso el joven, cansado de enfrentar una prueba tras otra.

–Un anciano… solo un sabio anciano –respondió la voz mientras encendía una pequeña lámpara de aceite. Con dificultad, Altobrinco pudo distinguir el rostro gentil de un hombre delgado. Inquieto, retrocedió unos pasos para dar tiempo a sus ojos a que se acostumbraran a la oscuridad, y con desconfianza preguntó.

–¿Qué haces aquí?

–Soy el guardián del arco de Dropegar –respondió sonriente el anciano, al tiempo que a sus espaldas aparecía un enorme portal de piedra. Altobrinco se preguntó entonces si el arco siempre estuvo ahí.

–¿Y se supone que tendremos que enfrentarnos? –preguntó el joven.

–¡No! No-no-no –agregó el anciano entre risas–. No estoy aquí para impedirte que cruces al otro lado. Solo para advertirte…

–Que si lo cruzo no podré volver –completó la oración el joven con la seguridad adquirida a lo largo de su aventura, y una pizca de soberbia.

–Todo el mundo sabe eso –respondió el anciano–. Mi advertencia es otra. Estoy aquí para decirte que no debes fiarte del mensaje.

El joven metió la mano en su bolsillo y tomó el antiguo manuscrito que lo lanzó a la aventura. Abriéndolo volvió a leerlo.

“Lo que todo hombre busca se encuentra al otro lado del arco de Dropegar”.

–Ese mismo –le dijo el anciano sin necesidad de leer el texto.

–¿Esperas que crea que es falso? ¡Nadie se daría el trabajo de guardar en las bóvedas de Vistrogor un manuscrito sin valor!

–¿Falso? ¡Todo lo contrario! Ese manuscrito tiene un enorme valor histórico, pero porque proviene del otro lado de este arco. La plenitud no se encuentra allí, sino acá mismo. Al cruzar el arco sólo encontrarás desesperanza y vacío. Y, como tu ya lo sabes, no podrás regresar jamás.

Altobrinco movió su cabeza en señal de rechazo. Lo que decía el anciano no podía ser cierto. No podía creer que hubiera pasado por tantas penurias persiguiendo una promesa vacía. Tanto esfuerzo para nada, ¡no era posible!

–¡No te creo! –respondío Altobrinco por entre medio de sus dientes apretados.

–Yo solo vine a advertirte, mi trabajo aquí ha terminado –y caminando hacia la penumbra, el anciano desapareció.

–¡Alto! –gritó Altobrinco sabiendo que no sacaba nada con intentar seguirlo. Y lanzando su espada al suelo, desahogó toda su frustración con un gritó que hizo temblar las paredes de la caverna.

Una vez más tranquilo, dirigió una mirada llena de decepción hacia el arco.

–No puedo creer que todo este viaje haya sido para nada –dijo en voz baja, y dando media vuelta, comenzó su camino de regreso. Pero solo alcanzó a dar un par de pasos cuando se encontró con el cadáver de la Serpedante. Lo contempló durante unos segundos y agregó

¡Me niego a creerlo! –y dando media vuelta corrió a toda velocidad en dirección al arco de piedra y lo cruzó. Al otro lado estaba igualmente oscuro, pero eso no lo detuvo. Corrió con todas sus fuerzas como si su sangre fuera el combustible más poderoso de la tierra. Corrió y corrió aunque su corazón pareciera querer salir de su pecho, hasta que un bulto en el suelo lo hizo tropezar y caer arrastrando el costado de su rostro sobre el áspero suelo pedregoso.

Molesto por su torpeza, y recuperando la conciencia de su entorno, sacó una de sus antorchas para al fin iluminar la habitación. Mientras su rostro se iba hinchando y el ardor aumentaba en intensidad producto de la caída, pudo distinguir junto a él el cadáver de la Serpedante que lo había hecho tropezar. Y unos metros más allá, su espada en el mismo lugar que cayó cuando la lanzó. Todo estaba ahí, en el sitio exacto donde lo dejó, excepto el arco de piedra.

15. Mensaje.

Movido por el aburrimiento, y en menor medida por la curiosidad, el lector siguió el enlace de las redes sociales que lo condujo a este relato. Bastó leer las dos primeras líneas del breve texto para entender de qué se trataba, pero de todas formas no podía anticipar lo que a continuación iba a ocurrir, así que decidió darle la oportunidad y continuó leyendo.

Entonces el autor se dirigió a él directamente:

–Por favor, lee este cuento –escribió con insistencia y algo de angustia–. Por favor llega hasta el final.

De pronto el truco narrativo parecía más bien una estrategia de marketing, y por orgullo decidió que lo mejor sería dejar de leer. Pero el autor insistió:

–¡No es un truco! ¡Tampoco es un juego! Por favor continúa, es por tu bien.

–¿Por mi bien? –pensó el lector– Pero si es imposible que algo escrito en un texto me afecte. No son más que ideas plasmadas en un texto.

–Las ideas pueden ser más poderosas de lo que tú crees –agregó el autor a través de su relato, y el lector se preguntó si le estarían hablando directamente a él en vez de a un lector genérico.

–Ahora necesito que leas atentamente y sigas mis instrucciones. Estás en grave peligro.

–¿Peligro? –se preguntó escéptico el lector.

–Si me crees, por favor hazme caso. Y si no me crees, piensa que no soy más que una creación ficticia ¿Para qué desobedecerme? No importa la razón que escojas, solo importa que no quites la mirada de esta pantalla, sin importar la razón. Y por ningún motivo se te ocurra mirar hacia tus espaldas.

El lector se preocupó de no inquietarse, ignorando la angustia del narrador, pero algo en su interior lo hacía dudar. Prefirió no pensar y continuó leyendo.

–No gires. Por favor, no gires. En este momento se está acercando a ti lentamente. Sus pisadas son inaudibles, pero puedes sentir su respiración. Mejor será ni siquiera describirla, mientras menos curiosidad sientas, menos peligro corres.

–A ella no le importa cuán convencido estés de que esto es real –agregó–. En su mirada y en sus pálidas manos empuñadas se puede ver que su objetivo es uno solo. Está de pie, a tus espaldas. A unos cuantos centímetros, esperando tu primer movimiento. Sonriendo al ver que dudas.

El lector, tentado de girar su cabeza, se preguntó qué debía hacer ahora.

–Simplemente no corras un riesgo innecesario y no despegues la mirada del monitor –agregó el narrador por última vez. Y sin siquiera decirle cuánto tiempo más debería permanecer inmóvil, el cuento llegó a su fin.

15. Mensaje